El fin de la homofobia no acontecerá únicamente cuando nadie sea perseguido, vejado, insultado, menoscabado u objeto de burla a causa de su orientación sexual. El fin de la homofobia será una realidad cuando no quede el más mínimo resquicio de temor en el homosexual, que es decir también cuando él mismo no boicotee su sentir, consciente o inconscientemente, cuando parezca impensable esconderse, cuando cualquiera, en el acercamiento al otro, contemple como un factor más la orientación sexual, de la misma manera que observamos en el otro si es conservador o progresista, tímido o lanzado, simpático o antipático, dándonos el derecho a tener nuestra preferencia tanto como damos al otro el derecho a ser como es. En el fin de la homofobia no habrá que mostrarse más ni menos que lo que el carácter de cada individuo dicte respecto al ámbito de su privacidad o intimidad.
La ley, o el pacto social, debe actuar para disuadir y detener al agresor, lo sea de mujeres, de niños, de homosexuales o de cualquier ser humano. Hacia este progreso vamos avanzando, con un cada vez mayor reconocimiento de que el respeto por la vida y la libertad ajenas es un valor fundamental. De este valor de respeto al prójimo deriva la justicia, de la justicia la paz y de la paz la felicidad. Todos deseamos la felicidad, sencillamente porque es el primer anhelo humano y como tal debemos otorgárnoslo en calidad de derecho y de deber. Todos deseamos la felicidad y todos deseamos ser felices en sociedad, con los nuestros, con el otro, porque así es el ser humano desde el origen de los tiempos: manada, tribu, nación, pueblo, civilización, al cabo humanidad. Sin humanidad, para los humanos, no hay futuro.
Al Estado le compete lavar su quehacer de homofobia, a la sociedad aprender a respetar la homosexualidad más allá del espectáculo y la tolerancia, en su ejercicio y en su valor, y a los homosexuales compete defender colectivamente, con todos los colectivos posibles, sus libertades reales y cotidianas. Así hace décadas que lo estamos haciendo, con eroticopolíticas cuyo referente hace avanzar la historia y hace avanzar a toda la humanidad. Pero sobre todo nos compete a los homosexuales ser individualmente quienes somos desde el ejercicio responsable de nuestra libertad, mirando más por ser el individuo que cada uno es que por la categoría que nos comprende, que no deja de ser clasificación, cosificación, alienación.
Para el fin de la homofobia todo el mundo tiene algo que hacer, y quien debe hacer más somos los homosexuales. No hay victoria sin lucha, ni logro que no se deba ganar a pulso, con la razón y con los hechos. Empezamos a vivenciar, o vislumbrar, el fin de la homofobia por nosotros mismos, por no aceptar ser víctimas ni hacer responsable a nadie de nuestra dicha o desdicha, por saber guerrear ferozmente cuando es necesario, por no permitirnos el miedo ni la locura, alegre y sensatamente, y por rebelarnos desde un hacer constructivo y generoso que incluye a todos, por supuesto también a los heterosexuales, y a los homófobos heterosexuales u homosexuales. Tenemos en este camino mucho que aportar, y es nuestro deber hacerlo. El fin de la homofobia es cuestión de todos, empezando por uno mismo.



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